Indignez-vous (IV)

La indiferencia: la peor de las actitudes

Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos claras o el mundo demasiado complejo. ¿Quién es el que manda?, ¿quién decide?. No es siempre fácil diferenciarlo entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no se trata de una pequeña élite de la cual entendemos claramente sus acciones. Es un vasto mundo del cual percibimos bien su interdependencia.

Vivimos en una interconectividad como jamás antes había existido. Sin embargo en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo hace falta observar bien, buscar.

Yo le digo a los jóvenes: buscad un poco, id a encontrar. La peor de las actitudes es la indiferencia, decir algo así como “no puedo hacer nada, me desentiendo”

Y comportándoos así perdéis uno de los atributos esenciales que hacen al ser humano, uno de los componentes indispensables: la facultad de la indignación y del compromiso, el cual es la consecuencia de lo primero.

Podemos identificar ya dos grandes y novedosos retos:

1. La inmensa brecha que ya existe entre los muy pobres y los muy ricos, la cual no cesa de crecer. Se puede considerar una innovación de los siglos XX y XXI.

Los muy pobres en el mundo de hoy ganan apenas dos dólares al día. No se puede permitir que esta brecha siga creciendo. Esta circunstancia solo debe suscitar el compromiso.

2. Los derechos humanos y el estado del planeta.

Después de la Liberación tuve la suerte  de participar en la redacción de la Declaración universal de los derechos del hombre, adoptada por la ONU el 10 de diciembre de 1948 en París, en el palacio de Chaillot.

Es a título de jefe de gabinete de Henri Laugier, secretario general adjunto de la ONU y secretario de la comisión de los derechos del hombre, que yo, entre otros, fui invitado a participar en la redacción de esta declaración.

No podría olvidar, en su elaboración, el papel de René Cassin, comisario nacional de justicia y educación del gobierno de la Francia libre, en Londres, en 1941, que fue premio Nobel de la paz en 1968, ni de Pierre Mendès en el seno del Consejo económico y social, a quien los textos que nosotros elaboraríamos fueron enviados antes de ser examinados por la tercera comisión de la asmablea general, encargada de las cuestiones sociales, humanitarias y culturales.

En esa comisión, de la que asumí la secretaría, figuraban los 54 estados miembros de las Naciones Unidas en aquella época.

Es a René Cassin a quien debemos el término de “derechos universales” y no “internacionales” como lo proponían nuestros amigos anglosajones.

Había mucho en juego al final de la segunda guerra mundial: liberarse de las amenazas que el totalitarismo había hecho caer sobre la humanidad.

Para emanciparse había que conseguir que los estados miembros de la ONU se comprometiesen respectos de estos derechos universales. Era una manera de invalidar el argumento del ejercicio de la plena soberanía que un estado podía hacer valer para librarse de la responsabilidad por cometer crímenes contra la humanidad en su territorio. Este fue el caso de Hitler que se consideró dueño de su país y autorizado para provocar un genocidio.

Esta declaración universal le debe mucho al rechazo generalizado contra el nazismo, el fascismo, el totalitarismo e incluso por nuestra presencia al espíritu de la Resistencia.

Sentía que había que actuar con rapidez, no ser engañados por la hipocresía que había en la adhesión proclamada por los vencedores a estos valores que no todos habían tenido la intención de promover lealmente, pero que estábamos tratando de imponerles (3)

No me resisto al deseo de citar el artículo 15 de la Declaración universal de los derechos del hombre: “Todo individuo tiene derecho a una nacionalidad”; o el artículo 22: “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.

Y si esta declaración tiene un ámbito de aplicación declarativo, y no jurídico, al menos ha jugado un papel muy importante desde 1948; se vio en los pueblos colonizados al beneficiarse de ello en sus luchas de independencia sembrando el espíritu de sus combates por la libertad.

Constato con placer que en estos últimos decenios se han multiplicado las organizaciones no gubernamentales, los movimientos sociales como ATTAC (Asociation pour la taxation des transactions financières), la FIDH (Fédération internationale des droits de l’homme), Amnesty …. que son activas tomado posturas y realizando acciones.

Es evidente que para ser eficaz hay que actuar en red, beneficiarse de todos los medios modernos de comunicación.

A los jóvenes les digo: “Mirad alrededor, allí encontrareis los temas que justifiquen vuestra indignación, el trato dado a los inmigrantes, a los sin papeles, a los gitanos. Encontrareis las situaciones concretas que os llevarán a dar paso a una actuación ciudadana fuerte. ¡Buscad y encontrareis!

(3) La Declaración universal de los derechos del hombre fue adoptada el 10 de diciembre de 1948, en París, por la Asamblea general de las naciones unidas por 48 estados de los 58 miembros. Ocho se abstendrían: Sudáfrica, a causa del apartheid que la Declaración condenaba de hecho; Arabía Saudita, por lo mismo, a causa de la igualdad de hombres y mujeres ; la Unión Soviética (Rusia, Ucrania y Bielorrusia), Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia estimaban que la Declaración no iba suficientemente lejos en la toma en consideración de los derechos económicos y sociales y sobre la cuestión de los derechos de las minorías; sin embargo, Rusia, en particular, se oponía a la proposición australiana de crear una Corte internacional de Derechos Humanos encargada de examinar las peticiones dirigidas a las Naciones Unidas; hace falta recordar aquí que el artículo 8 de la Declaración introduce el principio de recurso individual contra un estado en caso de violación de los derechos fundamentales; este principio iba a encontrar en Europa su aplicación en 1998 con la creación de una Corte Europea de derechos humanos permanente que garantice este derecho de recurrir a más de 800 millones de europeos.

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